23/02/2026 Fran Merino
¿Tiene la economía digital valores propios... o solo algoritmos?
Hay una pregunta que no suele aparecer o aparece poco cuando se habla sobre las grandes tecnológicas: ¿para quién es este crecimiento? En España, casi el 85% de las personas jóvenes de entre 16 y 24 años cuenta con competencias digitales básicas o avanzadas. Pero existe una brecha de 58 puntos entre ese grupo y la población de mayor edad¹. La digitalización avanza, pero no a la misma velocidad ni para todas las personas por igual. Y mientras los mercados digitales se concentran en cada vez menos manos, la pregunta de fondo se vuelve más urgente que nunca: ¿cómo construimos una economía digital con propósito?
Pero hay una brecha de la que se habla menos: la que separa saber usar la tecnología de saber trabajar con ella. No son lo mismo. Que una persona joven sepa navegar por redes sociales, consumir contenidos o gestionar aplicaciones no significa que tenga las competencias digitales que demanda el mercado laboral. Es una paradoja incómoda: la generación más conectada de la historia llega al mercado de trabajo con una preparación digital que, en muchos casos, no está a la altura de lo que las empresas necesitan.
Los datos lo confirman. Las personas egresadas se autoevalúan con una nota media de 3,77 sobre 10 en competencias técnicas laborales, con un desfase de 41,8 puntos entre lo que el mercado necesita y lo que la formación provee². Las empresas dedican, de media, más de 102 horas a reforzar la formación de cada nueva incorporación. España acumula más de 100.000 vacantes tecnológicas sin cubrir³ y necesitará 1,23 millones de especialistas digitales antes de 2030. Formar para el uso no es lo mismo que formar para el trabajo. Y esa distinción importa mucho a la hora de pensar qué papel puede jugar el cooperativismo en la economía digital.
Desde el enfoque de la economía social y cooperativa llevo tiempo reflexionando y tratando de construir respuestas a estas preguntas. Tengo la oportunidad de compartir algunas ideas en torno a la digitalización con valores propios de las empresas y el cooperativismo.
La digitalización que necesitamos: inclusiva o ninguna
La digitalización ha traído eficiencia, conectividad y oportunidades reales. Pero también ha precarizado empleos, atomizado la fuerza de trabajo y concentrado un poder enorme en unas pocas plataformas globales que operan con lógicas muy alejadas del bien común.
La clave no está en frenar la digitalización, eso es innegable e imposible, sino en orientarla. Pienso que las empresas digitales pueden ser agentes de cohesión social si adoptan modelos de gobernanza inclusivos, priorizan la transparencia y tejen alianzas con entidades con valores, ya sea del Tercer Sector, con cooperativas y contando actores locales. Siempre que el desempeño de estas empresas digitales de cohesión social esté orientado de alguna forma (y en proporción equilibrada a su volumen) a facilitar el acceso equitativo a la tecnología, contribuya al acompañamiento de los colectivos que quedan atrás y tratar de asegurar que la tecnología no sirva para deslocalizar la actividad económica lejos de los territorios y las comunidades que la generan.
Para la ONU y la OMS, la cohesión social se entiende como la capacidad de una sociedad de generar vínculos de pertenencia y solidaridad entre sus miembros, promoviendo la inclusión activa de todas las personas en la vida comunitaria. Por este motivo, se asocia a la capacidad de garantizar el bienestar y la justicia social, minimizando y/o eliminando la marginación y las inequidades entre grupos sociales, territorios y personas. Las empresas contribuyen a la cohesión social generando empleo, invirtiendo en capital humano y fomentando la innovación territorial, y en esa contribución empresarial se encuentra como aliado natural el cooperativismo, tal y como nos contaba el experto Marcos de Castro: La economía social, constructora de cohesión social
En la Comunitat Valenciana, el cooperativismo tiene músculo para liderar esta agenda. El cooperativismo valenciano aglutina 2.590 empresas, genera más de 62.600 empleos directos y equivale al 7,18 % del PIB autonómico, con más de 2,7 millones de personas socias de al menos una cooperativa⁴. No es un sector marginal. Es una palanca.
"La transformación digital más necesaria no es técnica.
Es una transformación de mentalidad."
Más allá de la RSC de escaparate
Cuando hablo de empresa sostenible, no me refiero a la que publica una memoria reluciente mientras sus prácticas laborales o fiscales dejan mucho que desear. Una empresa tecnológica realmente sostenible integra los criterios ambientales, sociales y de gobernanza —los llamados criterios ESG— en el núcleo de su modelo de negocio, no como capa de imagen, sino como estructura.
Eso implica evaluar y mitigar el impacto social y ambiental de su actividad, promover el desarrollo del talento diverso e inclusivo, involucrar a las personas que integran la empresa y a las comunidades en la toma de decisiones, y rendir cuentas de forma transparente. También significa desarrollar productos y servicios que resuelvan o aborden alguna solución a retos reales: sociales, ambientales, territoriales.
En las cooperativas, esta responsabilidad —la RSC, Responsabilidad Social Corporativa— no necesita apellido. No es voluntaria ni externa al negocio: es el negocio. La gobernanza democrática, el reparto equitativo de excedentes y el compromiso con el entorno no son compromisos añadidos. Son la razón de ser de la empresa. La rendición de cuentas no apunta hacia los accionistas: apunta hacia las personas socias y hacia la comunidad. Eso marca una diferencia fundamental que ninguna memoria de sostenibilidad puede fabricar.
Dicho esto, hay que reconocer como retos del movimiento cooperativo, la falta de autoconsciencia de la puesta en práctica de principios y valores cooperativos, ya sea para visibilizar su contribución atomizada a la cohesión social, como para la revisión y mejora continua de la práctica del cooperativismo, que en ocasiones toma derivas individualistas que vacían de contenido la personalidad filosófica, jurídico y económica de la empresa cooperativa.
Cooperativas de plataforma: democratizar la economía digital
La economía social no llega tarde a la digitalización: llega con ventaja. Sus entidades cuentan con modelos ya orientados a la inclusión, la igualdad y el bienestar colectivo. Y en este contexto emerge con fuerza un modelo que merece mucha más atención: la cooperativa de plataforma.
Una cooperativa de plataforma es una empresa de propiedad colectiva, gobernada democráticamente, que utiliza tecnología digital para facilitar el intercambio de bienes y servicios. Es una alternativa real al modelo de las grandes plataformas financiadas por capital de riesgo, donde el valor generado se concentra lejos de quienes trabajan y el control algorítmico se ejerce al servicio de los accionistas. En la cooperativa de plataforma, ese control vuelve a manos de quienes más dependen de ella: personas trabajadoras, usuarias y comunidades.
Los ejemplos existen y funcionan. Orbik Cybersecurity es una start-up cooperativa especializada en ciberseguridad que opera desde el País Vasco con proyección internacional. Givit.pro es la mayor cooperativa de plataforma de personas repartidoras de Europa, con más de 800 personas socias, propietarias de su herramienta de trabajo. Dos modelos distintos, el mismo principio: tecnología al servicio de quienes trabajan, no al revés. El modelo enfrenta retos reales —financiación, escalabilidad, masa crítica— pero su potencial transformador para democratizar la economía digital es enorme.
Crecer sin perder el alma: aprendizajes desde FEVECTA
En FEVECTA acompañamos a cooperativas en sus procesos de digitalización. Y hay algo que se repite: las que crecen sin perder sus valores son las que adoptan la tecnología como herramienta al servicio de las personas, no al revés. Las que se preguntan primero para qué quieren digitalizarse, y solo después cómo, es el caso de Caixa Popular o Som Energía con sus dinámicas de atención personalizada y a la comunidad, sin menoscabo de su plataforma digital de servicio.
En la práctica, eso significa elegir herramientas que refuercen la participación y la transparencia interna, no que la sustituyan. Significa formar digitalmente a todas las personas socias para que el conocimiento no se concentre en unos pocos perfiles técnicos —porque quien controla la tecnología acaba controlando las decisiones—. Y significa orientar los proyectos digitales al impacto local y territorial, sin perder el compromiso social como eje central.
Pero también hay que nombrar los riesgos, porque ignorarlos es el primer paso para materializarlos. La democracia cooperativa puede erosionarse en entornos digitales: puede ocurrir que una minoría con mayor formación tecnológica asuma el control de las decisiones clave; que la gobernanza parezca distribuida pero no lo sea en la práctica; que la presión por competir lleve a priorizar la eficiencia sobre los valores fundacionales. Estas tensiones no son inevitables, pero sí reales. Y gestionarlas con conciencia es parte esencial del trabajo cooperativo en la era digital.
"La tecnología puede ser una herramienta de inclusión
y justicia social cuando se combina con valores
cooperativos y liderazgo ético."
El ecosistema valenciano: oportunidad y tarea pendiente
La tendencia de las personas que deciden emprender cooperativa lo hace con un perfil emprendedor que rompe tópicos: el 56% de las personas asesoradas son mujeres y el 57,7% tiene más de 40 años. El cooperativismo no sólo es cosa de jóvenes digitalizados con ideales: es una respuesta práctica, probada y competitiva a los retos del mercado de trabajo actual.
Para consolidar un ecosistema de emprendimiento digital con propósito en la Comunitat, sin embargo, hacen falta condiciones que todavía no están dadas. Necesitamos políticas públicas que prioricen la compra pública responsable, los incentivos fiscales y la financiación específica para proyectos digitales con impacto social. Necesitamos espacios de incubación diseñados específicamente para cooperativas tecnológicas y alianzas reales y efectivas entre universidades, administraciones y entidades sociales para transferir conocimiento e innovación. Y necesitamos visibilizar los casos de éxito locales, porque sin referentes no hay cultura emprendedora con valores que replicar.
Obviamente nada de esto ocurrirá por generación espontánea. Requiere de voluntad política, coordinación sectorial y un movimiento cooperativo que siga siendo capaz de articular su propuesta con claridad, ambición y voz propia.
El reto es claro: integrar una gobernanza verdaderamente democrática y participativa, y hacerla efectiva también en los entornos digitales. Esa es la condición para que la transformación digital sea también una transformación ética y sostenible.
La pregunta ya no es si la tecnología puede ser una herramienta de inclusión y justicia social. Eso ya lo sabemos: puede. La pregunta es si tenemos la voluntad colectiva de construirla así. El cooperativismo lleva décadas demostrando que otra forma de organizar la economía es posible. La economía digital no debería ser una excepción.
El reto es pasar de preguntar cuánto crece una empresa a preguntar para qué crece y para quién. Esa es, cada vez más, la pregunta que el mundo necesita que alguien responda bien.
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Este artículo se elabora a partir de las reflexiones aportadas en la XIV edición de NOVA Talks, ciclo de debate multidisciplinar impulsado por Fundación Novaterra por la inclusión sociolaboral, de cuyo patronato forma parte FEVECTA. Este encuentro reflexionó sobre la "Sostenibilidad e Impacto Social en las Empresas Digitales". Este desayuno-coloquio se ha consolidado como espacio de referencia para debatir sobre economía con propósito, reuniendo voces expertas en innovación digital, sostenibilidad y economía social y cuenta con el patrocinio de la cooperativa federada, Caixa Popular.
Fuentes
¹ Observatorio Nacional de Tecnología y Sociedad (ONTSI). Indicadores de competencias digitales por grupos de edad. España.
² Fundación VASS y Universidad Autónoma de Madrid. VI Estudio de Empleabilidad y Talento Digital (2024).
³ DigitalES. Anatomía de la brecha de talento tecnológico. España.

Francisco Merino
Soy técnico de proyectos en FEVECTA y he sido director técnico en FECOVI. En ambos períodos he gestionado proyectos orientados al fomento, promoción y difusión de los valores y principios cooperativos, con especial atención a modelos innovadores de triple impacto y a iniciativas de economía colaborativa. Soy graduado en Administración y Dirección de Empresas (ADE) y Premio Extraordinario del Máster en Economía Social y Cooperativas del IUDESCOOP, Universitat de València. He formado parte de la Comisión de Expertos para la elaboración de la primera ley de Viviendas Colaborativas y del Grupo de Trabajo de Empresas Sociales en CEPES. En mi tiempo libre, investigo sobre Economía Social y Cooperativa, siendo coautor y colaborador en diversas publicaciones y ponencias sobre emprendimiento social, políticas públicas de economía social y cooperativa en la administración local, así como sobre colaboración público-cooperativa en ámbitos como vivi
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