29/06/2026 Pepe Albors
Ser la cuarta pata del diálogo social es una propuesta coherente con la evolución del trabajo, de la empresa y de la propia democracia
A veces, los debates institucionales parecen abstractos hasta que uno recuerda situaciones concretas en las que esa ausencia de representación se vivió en primera persona. En mi caso, hay una experiencia que siempre vuelve cuando se discute si la Economía Social debería o no estar presente en la Mesa del Diálogo Social.
Una negociación real, con más de dos bandos
En el año 1999 participé activamente en la negociación del convenio de Servicios de Ayuda a Domicilio y gestión de residencias de la tercera edad. En aquel momento, las cooperativas de servicios sociales tenían una presencia muy relevante en el sector. No era un actor marginal ni emergente: era una realidad consolidada.
Formalmente, la mesa se organizaba como siempre: patronal y sindicatos. En la parte sindical estaban UGT y CCOO. En la parte patronal, sin embargo, convivían dos mundos muy distintos:
Yo estaba, evidentemente, defendiendo a las cooperativas.
Pero lo que ocurría en esa mesa no encajaba bien en el esquema clásico del diálogo social.
Una complejidad que el modelo binario no sabe leer
Dentro de las cooperativas convivían dos realidades laborales:
Desde FEVECTA defendíamos, de forma prioritaria, los intereses de las personas socias trabajadoras. Y ahí aparecía la tensión: en determinadas cuestiones —especialmente salariales— los intereses de unas y otras podían entrar en colisión.
Y, sin embargo, en la mayor parte de las negociaciones sindicatos y cooperativas nos alineábamos frente a la gran empresa de capital. El principal caballo de batalla eran los salarios y su mejora. En ese terreno yo tenía muy claro que las cooperativas debían caminar cerca de las reivindicaciones sindicales.
Pero la realidad era tozuda.
La variable olvidada: la financiación pública
Estos servicios se prestaban —y se siguen prestando— fundamentalmente a través de subcontratación pública. Concursos muy ajustados, con precios a la baja, donde algunas empresas presentaban bajas temerarias y donde el único margen real para mejorar beneficios era apretar en costes laborales.
Ahí la lógica de la empresa mercantil era clara. Y también lo era la posición de los sindicatos. Pero las cooperativas nos encontrábamos en un equilibrio extremadamente complejo:
Recuerdo aquella negociación como una lucha a tres bandas, no a dos. Y recuerdo también la incomodidad personal de ver cómo compañeras cooperativistas, amigas de trabajadoras no cooperativistas, se veían envueltas en tensiones y contradicciones que el marco institucional no sabía gestionar.
Dependencia, subrogación y democracia económica
Todo esto ocurría, además, en un momento clave: cuando empezaba a hablarse de la Ley de Dependencia y de la construcción de una nueva pata del Estado del Bienestar. Un sector estratégico, feminizado, precarizado y profundamente dependiente de la voluntad política y presupuestaria de la administración pública.
Y con un elemento añadido: la obligación de subrogación. Personas socias trabajadoras que podían dejar de serlo de un día para otro, dependiendo de qué empresa ganara el concurso. Una anomalía total desde el punto de vista cooperativo, pero asumida como normal por el sistema. ¿Cómo se puede hablar de diálogo social serio ignorando todo esto?
Por qué la Economía Social debe estar en la mesa
Traigo esta experiencia no como nostalgia, sino como evidencia. El cooperativismo no encaja mal en el diálogo social: desborda sus límites. Y precisamente por eso es necesario.
La Economía Social puede:
Dejar fuera a la Economía Social del diálogo social no es prudencia institucional. Es renunciar a una experiencia acumulada que podría ayudar a desbloquear debates enquistados.
Si en una negociación tan compleja como aquella, las cooperativas ya estaban jugando un papel distinto —ni capital clásico, ni sindicalismo tradicional—, ¿por qué seguimos empeñados en un diálogo social que solo reconoce dos voces?
A modo de cierre
La economía social no pide ocupar el centro del diálogo social ni sustituir a nadie. Pero no puede seguir siendo invisible en un espacio donde se deciden cuestiones que afectan directamente a su forma de entender la empresa, el trabajo y la democracia.
Porque cuando el diálogo social no sabe leer la realidad, no dialoga: simplifica. Y hoy, más que nunca, simplificar es un lujo que no nos podemos permitir (ejemplo, Donal Trump).
Es cierto que el diálogo social se ha construido históricamente sobre el eje capital trabajo, y la Economía Social no encaja bien en ese esquema.
Pero no es un problema de la Economía Social, sino del esquema. El diálogo social no es un fósil histórico que deba preservarse intacto, sino una institución viva que debería adaptarse a la realidad económica y empresarial del país. Hoy existe un sector empresarial significativo donde capital y trabajo no se oponen de forma clásica, donde la empresa no se gobierna desde el beneficio del accionista y donde la participación forma parte de la lógica interna.
Decir que la Economía Social “no encaja” equivale a reconocer que el diálogo social no refleja ya la realidad que dice representar.
Aunque creo que el verdadero debate de fondo para no abrir “este melón”, es una cuestión no explicitada: el miedo a que la Economía Social introduzca preguntas incómodas. Preguntas sobre el reparto del poder en la empresa, sobre la participación real, sobre la relación entre productividad y democracia, sobre modelos empresariales que no encajan en los marcos clásicos.
Pero si el diálogo social no está para hacerse preguntas incómodas, ¿para qué sirve?
Plantear que la Economía Social sea una cuarta pata del diálogo social no es una ocurrencia ni una reivindicación identitaria. Es una propuesta coherente con la evolución del trabajo, de la empresa y de la propia democracia, y más ahora que reivindicamos el desarrollo del Art 129.2 de la constitución, para hacer una economía y una empresa más democrática.
Desde la economía social y cooperativa no se pretende sustituir a nadie ni de diluir conflictos legítimos. Se trata de ensanchar el marco, de incorporar experiencias reales y de evitar que el diálogo social siga hablando del futuro con instrumentos del pasado.
Porque si la Economía Social —que combina empresa, empleo, democracia y territorio— no tiene voz propia en el diálogo social, el problema no es la Economía Social.
El problema es el diálogo social.

Pepe Albors
Hola! Soy Pepe Albors y quiero ayudarte a entender mejor la empresa cooperativa. Creo en la democracia económica, y la cooperativa es el mejor modelo de empresa para llevarla a cabo. No es fácil gestionar y trabajar en cooperativa, la igualdad, la participación democrática, la cooperación, no son fáciles de gestionar. Cuento con una experiencia de 37 años en el mundo cooperativo y os puedo ayudar a que el proceso de conducir un proyecto cooperativo sea más llevadero.
En efecto, el diálogo social no se puede plantear como hace décadas. El cooperativismo, la economía social, es una realidad consolidada de nuestro tejido económico y con mucho que aportar también en este ámbito.
reivindicación muy apropiada, esa necesidad de que el cooperativismo esté en el dialogo social ya era una necesidadd en 1999 y ahora lo sigue siendo con mayor motivo
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